
El señor Guerrero llegó a la tienda a las 6:47 de la tarde, como casi todos los viernes. Traía la misma camisa beige, el mismo sombrero un poco torcido y la misma tarjeta gastada en el bolsillo del pecho, la que usaba para todo: el pan, el café, las velas y, de vez en cuando, una botella de vino barato.
La cajera lo vio antes de que él la viera a ella. Se llamaba Elena, aunque en el gafete solo decía “Caja 3”. Tenía las uñas cortas, una coleta baja y esa expresión de quien ya ha visto demasiadas tarjetas pasar por la misma ranura.
—Buenas tardes, don Guerrero.
Él asintió, como siempre. Dejó sobre el mostrador un kilo de arroz, dos velas blancas y un sobre de canela. Sacó la tarjeta y se la tendió sin mirarla.
Elena la tomó. La pasó. La máquina pitó una vez, luego otra. Ella frunció el ceño, giró el plástico entre los dedos y, con un movimiento tan rápido que casi no se notó, la guardó debajo del cajón y sacó otra.
—Listo —dijo, y le devolvió una tarjeta que parecía la misma.
El señor Guerrero no revisó nada. Nunca revisaba nada. Firmó, guardó el ticket doblado en cuatro y salió con las bolsas en una sola mano.
Esa noche, cuando quiso pagar el taxi, la tarjeta no funcionó. Al día siguiente tampoco. Fue al banco. Le dijeron que esa tarjeta no existía, que el número no correspondía a ninguna cuenta, que el nombre impreso no era el suyo.
Volvió a la tienda.
Elena ya no estaba en la caja 3. Había otra muchacha. Preguntó por ella. Le dijeron que Elena no trabajaba más ahí. Que se había ido esa misma noche.
El señor Guerrero se quedó un rato frente al mostrador, con la tarjeta extraña en la palma. Por el reverso, casi invisible, había una frase escrita a lápiz:
“Esta no es para pagar. Es para recordar quién eres cuando ya no sepas.”
Nunca más volvió a esa tienda. Tampoco tiró la tarjeta. La guarda todavía, en el mismo bolsillo del pecho, debajo de la camisa beige.
A veces, cuando el día se le pone pesado, la saca y la mira. No compra nada con ella. No necesita hacerlo.