
En un huerto bañado por el sol de la tarde, donde las flores rosadas se mecían con la brisa, vivía una fresa pequeña, redonda y brillante. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos verdes como hojas frescas y una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor.
Un día, mientras el viento jugaba entre las plantas, apareció un banano alto y amarillo, de mirada amable y corazón tierno. Se acercó con cuidado, se inclinó un poco y le dijo:
—Nunca había visto algo tan dulce como tú.La fresa se sonrojó todavía más. El banano, un poco nervioso, extendió su brazo y la envolvió con un abrazo cálido. Desde ese instante, ya no se separaron.
Caminaban juntos por el jardín, se contaban secretos al oído y se reían cuando una mariposa les pasaba cerca. El banano decía que ella era su tesoro más rojo y brillante. Ella decía que él era su sol amarillo, el que la hacía sentir segura.
Los corazones flotaban a su alrededor, pequeños y rosados, como si el mismo huerto celebrara su amor.
Y así, entre abrazos, miradas y un atardecer dorado, la fresa y el banano entendieron que el amor más bonito no necesita ser complicado: solo necesita dos corazones que se elijan todos los días.
FIN.